La muerte, visita siempre tan inesperada como ineludible, sorprendió al filósofo en las primeras horas del domingo 7 de agosto de 2016, cuando le faltaban escasos días para celebrar su 92 cumpleaños. Se ha ido, pero no será nunca un ausente, pues en su caso la muerte no será en modo alguno un final. La muerte del individuo, como expresa el diccionario de filosofía de la web Proyecto de Filosofía en Español, no es una aniquilación –sino una transformación–, pues la personalidad es una estructura que se recorta en un espacio interindividual, en el que tienen lugar influencias mutuas de conformación personal. Una persona, después de fallecida, puede seguir ganando, como el Cid, batallas (o acaso perdiéndolas). Es decir, puede seguir actuando, es decir «viviendo» una vida personal y no meramente espectral”. Así el caso de nuestro filósofo, aunque tampoco esto consolará a sus familiares y allegados.

El imprescindible Diccionario de Filosofía, de José Ferrater Mora, inicia su artículo sobre la voz “muerte” con las siguientes palabras: “Platón afirmó que la filosofía es una meditación de la muerte. Toda vida filosófica, escribió después Cicerón, es una commentatio mortis. Veinte siglos después Santayana dijo que «una buena manera de probar el calibre de una filosofía es preguntar lo que piensa acerca de la muerte». Según estas opiniones, una historia de las formas de la «meditación de la muerte» podría coincidir con una historia de la filosofía.

Comentario sobre y preparación para la muerte, la filosofía tuvo desde su más tierna infancia griega la consciencia de que la muerte es esa realidad de nuestro ser que nos empuja a tomar la plena consciencia de la vida, aunque no lo consiga casi nunca. Pero el caso del filósofo, a diferencia del resto de los mortales, posee la especificidad de que él, el filósofo, se instituye en maestro, guía y formulador de esa reflexión sobre la vida que es toda reflexión sobre la muerte, y viceversa, como Sócrates ante sus discípulos al sentir los efectos de la cicuta.

De vastísima formación en ciencias y humanidades, D. Gustavo se aproximó al marxismo, corriente filosófica dominante en sin duda en el siglo XX, y descubrió las inconsistencias y deficiencias que lo lastraban, aún antes de que la debacle de socialismo soviético, en 1989, terminase de destruir los sueños de totalidad que acompañaron a los pensadores de esa corriente.

Su propuesta de Materialismo Filosófico, corriente de pensamiento creada por Gustavo Bueno que ha alcanzado una enorme repercusión en general, y en el mundo hispánico en particular, partía de ese propósito expresamente enunciado de superar las limitaciones e insuficiencias de ese “materialismo vulgar” en que había devenido el marxismo. Cuajado de positivismo ramplón, fracasado en sus grandes promesas, el materialismo marxista era una escolástica degradada, muy poco útil para nada.

La obra del pensador español ha sido un intento ciclópeo de redefinir los fundamentos del pensamiento más moderno, sin renunciar a la tradición filosófica precedente ni a la filosofía tradicional española, que Unamuno definió como “espiritualismo materialista español”, que viene de nuestros grandes autores de los siglos XVI y XVII, desde Vitoria y Suárez, hasta Mariana y Gracián, sin olvidar a Balmes, Unamuno, Gaos, Zambrano, Ortega y hasta al propio Ferrater Mora.

Abordó con valor y decisión, y con maestría, los grandes problemas de la filosofía de nuestro tiempo, sin perder de vista nunca la gigantesca obra precedente de la reflexión filosófica que iniciaron los primeros filósofos jonios, allá por siglo VI (A. de C.) y que alcanzó uno de sus momentos culminantes en la escolástica medieval, con Santo Tomás de Aquino. Su teoría del cierre categorial ha conseguido una gran difusión en todo el mundo, al resolver satisfactoriamente uno de los principales problemas metodológicos de la ciencia, y su integración ordenada en el conjunto de los saberes y las disciplinas. La idea de “Simploké”, que es esa misma reunión armónica de los contenidos integrantes de los saberes, si bien es de origen platónico, constituyó también una de las ideas fundamentales para su obra teórica. Y tampoco renunció a debatir los grandes asuntos del presente, en las aulas y en los platós de las televisiones o los estudios de radio.

No sería acertado y tampoco justo, ni en su vida ni tras su muerte, bajar al terreno de las polémicas en las que se vio envuelto, más que para constatar su intensa vocación socrática de polemista brillante y audaz, así como la de educador de los hombres y de la sociedad actuales.

Gustavo Bueno ha vivido, y por lo tanto ha muerto, como un gran maestro dedicado con devoción al propósito de comprender, de conocer y de saber, y de trasmitir a los hombres, si no exactamente sus ideas, si la pasión por el conocimiento y la sabiduría: requiescat in pace, terra sit levis.

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